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07
2008
Hace mucho tiempo atrás, algo así como un siglo medio, existió un hombre que hizo temblar al gobierno de ese entonces. Fue precisamente en Viena, donde este hombre llegó a la Corte con ideas vergonzosas y amenazantes para el control absoluto que regía el Imperio en ése momento. Pero como decía José Ingenieros, todos los enemigos de la diferenciación vienen a serlo del progreso; es natural, por ende, que se considere la originalidad como un defecto imperdonable.
No sólo la clase gobernante escuchaba con indiferencia las “alocadas” ideas de este señor, también la sociedad en su mayoría lo aborrecía, puesto que la función capital del hombre mediocre en sí, es la paciencia imitativa, esa aspiración a confundirse en los que le rodean, entre las masas mediocres que se concentran a imitar lo que otros descubren. Allí también existió este individuo que poseía un valor de alto contraste, un espíritu original y de rebeldía, mediante su imaginación inventó y no imitó, sí cuestionó la forma de pensar de aquella época.
Proponía entonces examinar y analizar los propios sentimientos mediante el análisis de los sueños y la libre asociación de palabras, sentimientos que los seres humanos reprimen en el inconsciente por ser éstos demasiado peligrosos.
Éste hombre, aborrecido por las masas y el poder político, éste desecho social, llamado Sigmud Freud, desarrolló un método conocido como Psicoanálisis, y descubrió que existe una barrera en la mente que previene que emerjan impulsos indeseables en la vida consciente.
En 1914, cuando comenzó la Primera guerra mundial, Freud vió como se corroboraban sus descubrimientos: “Lo más triste es que ésta es la forma de actuar que se podía esperar de las personas, de acuerdo a los descubrimientos del psicoanálisis”.
Los gobiernos habían desatado estas fuerzas primitivas de las personas y nadie sabía como pararlas.
Como parte de los preparativos de guerra, el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, creó un comité de información pública y es aquí donde aparece otro hombre, que se valió de esas tan “alocadas” ideas modernas y rebeldes sobre el ser humano, para difundir las disfrazadas intenciones del gobierno norteamericano a toda Europa mediante la manipulación de masas y mostró a las corporaciones por primera vez, cómo hacer que la gente quiera cosas que no necesita, vinculando bienes con deseos inconscientes, de lo que surgió una nueva política para controlar las masas satisfaciendo impulsos egoístas intrínsecos al hombre, éste hombre se llamó Edward Bernays, sobrino de Freud, fue empleado para promover la guerra en la prensa, “Un mundo más justo” era el slogan que acompañaba a Wilson el “libertador de las personas” como se hizo llamar. Convertido en un héroe de la sociedad, aseguró la libertad del individuo a comienzos de lo que fue la “gran guerra”.
Por otra parte, Bernays observó la multitud que rodeaba al mandatario y se preguntó si se podría hacer lo mismo en tiempos de paz con el mismo tipo de persuasión masiva, a lo que formuló un concepto de atender a las cosas que juegan un rol en las emociones irracionales del ser.
En aquella época existía un tabú de ver fumar a las mujeres en público, uno de los primeros clientes de Bernays, George Hill presidente de la corporación norteamericana de tabaco, le encargó a Bernays que encontrara la manera de romperlo, él dijo: “estamos perdiendo la mitad de nuestro mercado por éste tabú impuesto por los hombres de ver fumar a las mujeres en público. Edgard Bernays entonces consultó al psicoanálisis respecto a lo que significaban los cigarrillos para las damas. Los cigarrillos eran un símbolo del pene y del poder sexual del hombre, pensó entonces que conectando la idea de fumar con el desafió al poder del caballero las mujeres fumarían, porque entonces ellas tendrían su propio “pene” (su propio poder). Motivado por esto, Eddie persuadió a un grupo de debutantes ricas a esconder cigarrillos dentro de sus ropas y a su señal, debían prenderlos ostentosamente en medio de un desfile popular.
Bernays rápidamente corrió el rumor de que un grupo de “chicas bien” iban a hacer lo que ellas llamaron “antorchas de libertad”. Él sabía que todos los fotógrafos estarían ahí para capturar ese momento. En aquella frase racional con términos vinculados a la emoción, Bernays logra que todos los periódicos de New York figurara éste fenómeno social, y a partir de ese día las ventas de cigarrillos a mujeres comenzó a subir. Él generó que sea socialmente aceptable para las mujeres fumar en público, ya que las hacía sentir mas poderosas e independientes.
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Según los psicólogos, existen unas diferencias comprobables de carácter entre las personas fumadoras y las no fumadoras.
Así es la personalidad de los que fuman:
Una mayor tendencia a la búsqueda de situaciones excitantes.
Una necesidad de cambio y de experimentar sensaciones nuevas.
Una mayor susceptibilidad.
Más influenciables por otras personas y por su entorno.
Más curiosidad.
Un espíritu de rebeldía en su etapa de adolescencia.
Una necesidad de afirmación y aceptación social.
El tabaco tiene tres tentáculos con los que tomarnos al asalto: un efecto estimulante, un efecto calmante y un placer por sí mismo.
Como placer es un gusto de reposo, complemento o postre que redondea un bienestar previo. El cigarrillo después de una agradable comida,sin prisas, como colofón de lo que los gourmantes de pro prosodiaban como “café, copa y puro”. El cigarrillo romántico que un viaje en tren acompaña al dulce trasporte demorado, ocioso y contemplativo. Es cigarrillo después de hacer el amor con excelente provecho, relajados.
El placer en estos ejemplos se parece mucho a los demás placeres que se saborean, con tiempo, sin mala conciencia, como regalos de la vida que no son dañinos en la forma ceremonial que los dignifica (sin compulsión, con mesura y sin más misión que adornar un momento agradable).
Este toque positivo del tabaco es en ocasiones esgrimido como una lastimosa gran pérdida si el fumador se plantea el abandono total del hábito: “¿Voy a perderme ese gran placer, tan razonable y tan bueno?”. Siendo ‘ese’ no se sabe bien si ‘el gran’ momento o el pequeño complemento, o si los placeres ya no podrán existir en absoluto sin esa aparente pequeñez del tabaco…
En la angustiosa fantasía del adicto puede equipararse el renunciar al placer cuando realmente fumar es un verdadero gusto al disgusto de vivir sin un sabor que fuera esencial al alimento del goce, que desde ese momento se volvería soso, descafeinado, aguado, apenas cascarilla.
Las propiedades estimulantes del tabaco son muy apetecibles para personas que tienen un trabajo creativo (compositores, artistas plásticos, escritores, profesionales del marketing, abogados, etc.) y favorece la inspiración, las ocurrencias, las ideas brillantes. También provoca diálogos más chispeantes, graciosos y ocurrentes en las reuniones de amigos, tertulias, grupos de discusión, etc. por lo que el consumo se dispara en esas circunstancias de una forma exponencial como si el espíritu efervescente y animado buscara la manera de explotar..
pero…
¿Dejaría el pintor de pintar buenos cuadros al dejar de fumar? ¿Se dejaría de escribir bien sin el recurso del tabaco?¿Se podría tener una animada e inteligente discusión sin el hilo conductor de un cigarrillo detrás de otro? La respuesta es sí, afortunadamente la producción intelectual y social no depende tanto del estímulo artificial del tabaco, puede ser suplido perfectamente por estímulos psicológicos distintos.
Sin estimulantes se pierde tan sólo una forma de trabajo, y nos obligamos a un cambio de costumbres. Podemos poner la comparación de pasar de escribir con pluma a con un ordenador: mientras estamos habituados al sistema tradicional de la pluma el ordenador parece más bien un engorro, pero cuando descubrimos las facilidades sabemos sacarle las ventajas del nuevo sistema, son recursos y maneras de trabajar. Los procesos de creatividad están muy por encima de las técnicas de soporte.
En la medida en la que los rituales tranquilizadores forman parte del hábito de fumar, y las sustancias generan adicción, llega un momento en el que la ansiedad ya está provocada por el hecho de echar de menos fumar, y esta ansiedad se calma, en un círculo inacabable, fumando de nuevo, cosa que afianza la necesidad de nicotina. En este momento el fumar, llamado a la guerra santa contra la ansiedad, y como toda guerra santa, crea más guerra que paz, más angustia que calma.
El poder del hábito de fumar desaparece -si bien no instantáneamente- no dándole el alimento que lo engorda. Muere de inanición en un tiempo similar al de morir de hambre. No dándole nada, como en una huelga radical, se achica y disminuye. Pero mientras que sin nutrientes realmente agonizamos, sin tabaco, sin embargo, renacemos, y no es un ir hacia la muerte sino un venir a una nueva vida.
El transito de ser fumador a un nuevo ser abstemio contiene un sufrir confuso, porque no se sabe bien si es malo matar para hacer vivir a otro o si el nacimiento será traumático o quién es quién en estaguerra (por ejemplo, ¿quien sufre? ¿el Yo-abstemio o el Yo-fumador? El sufrimiento que es un alumbramiento es muy distinto de un sufrimiento que es un desarraigo. Es una diferencia tan importante como en la dada en la comparación entre la angustiosa, pero agradable, emoción de llegar respecto a la angustiosa, pero triste, de ser expulsado.
El fumador que esta en el puente que le lleva a una nueva vida sin tabaco puede mirar su sed frustrada de tabaco como como un placer de decir no diciendo sí a un paso más que le acerca a la otra orilla.