El caso de Natalia Verseci

La joven Natalia Verseci, de 27 años estaba embarazada de seis meses cuando fue brutalmente asesinada de 24 lesiones cortantes que le produjeron un sangrado profuso que la llevó a la muerte el 8 de julio de 2009. Estaba casada con el kinesiólogo y ex basquetbolista  Alejandro Bertotti de 33 años,  con quien vivian juntos y tenian una hija.

La Policía conoce el episodio después de que el marido de Natalia, llamara por teléfono a las 18:53 hs, denunciando que dos delincuentes lo habían asaltado y habían acuchillado a su mujer. Cuando llegó la Policía el panorama era aterrador. Un charco de sangre inundaba el living, cerca de la cocina yacía el cadáver de la joven.

Bertotti llegó solo a su casa ubicada en la calle Urquiza 94 de San Francisco. Su mujer estaba adentro planchando ropa. Según relató, al llegar abrió el portón, ingresó su vehículo y comenzó a cerrar el garaje. La casa no tiene jardín, y tanto la puerta de ingreso como la del garaje dan directamente a la vereda. Mientras estaba cerrando, el joven de 33 años dice que fue abordado por dos hombres que lo obligaron a meterse dentro de su casa.

Una vez en el interior –así lo describió el viudo– esos dos delincuentes, equipados con un arma de fuego y un arma blanca, comenzaron a amenazar al matrimonio produciendo un ataque de nervios en Natalia. El que portaba el arma de fuego le dio a Bertotti un fuerte golpe en la cabeza que lo dejó obnubilado. Es importante aclarar que Bertotti tiene 1,93 centímetros de altura, practica deportes actualmente y llegó a jugar de manera profesional un juego de contacto y roce como es el básquet.

Lo cierto es que, siempre según su declaración, uno de los hombres lo golpeó en la cara y le partió una silla en la espalda. Tirado en el suelo, con la rodilla del asaltante en la cintura y una pistola en la nuca, Bertotti dice que estaba casi inconsciente mientras atacaban a su mujer embarazada.

Cuando volvió en sí (no sabe cuánto tiempo transcurrió) Bertotti vio que los delincuentes se escapaban por la puerta de adelante y que su mujer estaba tirada y ensangrentada en el suelo. En su testimonio el marido afirma que lo primero que hizo fue acercarse a ella, agarrarle la cara y gritarle: “¡Natalia, Natalia!”. Lo segundo fue lavarse las manos en una canilla, y lo tercero, llamar por teléfono para pedir ayuda. Allí hay otro dato llamativo. Bertotti llamó primero al 101 en lugar de llamar a una ambulancia (el servicio de emergencias tiene su central a tres cuadras de su casa). Como en el 101 le daba ocupado volvió a marcar, pero en lugar de llamar a la ambulancia lo hizo a la casa de sus suegros: “Pasó algo tremendo, vengan”, les dijo. El tercer llamado tampoco fue a la ambulancia, otra vez lo intentó al 101. Esa vez sí lo atendieron y pidió ayuda. El cuarto llamado fue a sus padres, también vecinos de San Francisco.

Lo siguiente que hizo Bertotti fue salir corriendo a buscar a un vecino que tiene un negocio de reparación de amortiguadores ubicado a unos 50 metros de su casa. A una cuadra y media de la casa de Bertotti hay una clínica donde él trabajó, pero no fue hasta allí.

En un principio se dijo que Alejandro había recibido un disparo, pero finalmente se supo que sólo recibió un fuerte golpe en el rostro.

Nadie dudó de su versión. En la escena del crimen la Policía Judicial hizo su trabajo y la casa fue entregada al marido. Nadie secuestró la remera del viudo ensangrentada. Cuando fueron a pedírsela, él la había lavado.

Aunque todo el mundo se solidarizó inmediatamente con el viudo (un joven muy querido y conocido en la ciudad) la hipótesis del asalto violento comenzó a tambalear pocas horas después. Lejos del velorio, el fiscal Bernardo Alberione tuvo una corazonada. Habló con el dueño del predio donde funcionaba la ex fábrica militar (frente a la casa de Natalia y Alejandro) y le preguntó si alguna cámara de seguridad de su empresa podía haber filmado la casa al momento del asalto. Alberione, un hombre con mucha historia en la Justicia de la ciudad, acababa de dar vuelta la causa. La cámara sí había filmado el ingreso de Bertotti a su casa. En la imagen todo ocurre exactamente como él lo relató. Excepto por un detalle: la imagen no muestra a nadie ingresando violentamente a la vivienda. Fue la primera de una serie de contradicciones que despertaron las sospechas.

Mientras los investigadores analizaban la casa encontraron una vasija para alimentar un perro. Cuando le preguntaron a Bertotti, éste dijo: “Ah. Eso no lo relaté. Tenemos un boxer muy bravo que suele estar adentro. Cuando los ladrones lo vieron, antes de golpearme, me obligaron a sacarlo afuera”.

¿ Por qué se lavó las manos?  El viudo lo consideró un acto reflejo; el golpe en la cara. Bertotti tiene una fuente contusión en la sien de la que perdía sangre. Sin embargo, los forenses no pueden asegurar que ese golpe haya tenido tal magnitud como para hacerlo perder el conocimiento; él dijo que le partieron una silla en la espalda. Los forenses no encontraron huellas de ese golpe. Algunos investigadores no se explican por qué Bertotti lavó la ropa que tenía puesta al momento del crimen. El dijo que nadie le pidió esa remera antes. Los investigadores creen que para reducir a un hombre del tamaño de Bertotti debió participar un delincuente muy grandote. Él dice que los delincuentes eran dos. Uno grande, casi como él y otro retacón. Éste último sería el asesino. Además,  no hay manera de verificar el faltante de dinero que podría confirmar la existencia del robo. Tampoco una operación bancaria cercana en el tiempo que lo confirme.La cámara, en definitiva, no muestra las cosas que, según el testimonio de Bertotti, debería mostrar: dos delincuentes ingresando a su casa (uno grandote) y las mismas personas fugándose. Por otro lado, sí muestra que, después del ingreso de Bertotti a su casa, un auto particular estaciona en la vivienda de al lado. La mujer que conducía ese auto dijo que no vio a nadie salir de la casa a la hora en que debieron haberse retirado los autores del homicidio. La cámara aportó mucha información. Por ejemplo, parece que en el trabajo que hizo la Policía Judicial separando cuadro por cuadro cada imagen, alcanza a verse que se encienden y apagan varias veces las luces del garaje. También muestran que el único movimiento claro en el frente de la casa se produce a las 19.05, cuando Bertotti sale a buscar a su vecino.Eso nos lleva al interior de la casa y, para entender qué ocurrió, puede ser útil relatar lo que vieron los primeros en llegar a la escena del crimen. El cuerpo de Natalia estaba tirado en el camino a la cocina. Además, había un enorme charco de sangre en el living y manchas en las paredes (inclusive en la que está el interruptor de la luz del garaje). Se especula que en el living recibió el primer corte y las siguientes seis puñaladas en el cuerpo. Y al llegar a la cocina habría recibido el segundo corte en el cuello.

En un lavatorio había manchas de sangre (quizá allí se lavó las manos Bertotti). El asesino no asestó ninguna puñalada en el vientre de seis meses de embarazo de Natalia. Ella estaba toda ensangrentada, pero la panza no, como si la hubiesen limpiado.

Luego de  veinte días, Leandro Andrés Forti, de 19 años, con antecedentes de consumo de drogas, se presentó  en un estado emocional desesperante y acompañado de sus padres, ante el fiscal Bernardo Alberione confesando haber sido contratado por una suma cercana a los cinco mil pesos para ayudar al viudo a matar a Natalia.

Un hermano de Forti sería conocido de Bertotti y así es que el asesino confeso y el viudo se habrían contactado. Siempre según la confesión, trascendió que el crimen habría empezado a programarse varios meses atrás. La declaración de Forti se extendió por más de dos horas y tuvo algunos puntos contundentes que le hicieron creer al fiscal que efectivamente el joven confeso había estado en la escena del crimen de Natalia y contaba la verdad.

En el testimonio, el chico habría afirmado que fue el propio Bertotti el que le permitió ingresar a su casa el día del crimen. Además habría sido claro al afirmar que no fue él sino el viudo quien le asestó a la mujer las puñaladas, mientras él la sostenía por la espalda. Otro dato que habría aportado el detenido es que los pelos que tenía la mujer en su mano eran de él. “Bertotti me pagó para que le diera un susto a su mujer”. “El arreglo era que la golpeara a ella y a él. Yo hice lo que me pidió”. “No me di cuenta de que ella estaba embarazada”. “Le pegué a ella en el pecho y en la nuca”. “Antes de irme, ella estaba con vida y yo la escuché  que gritaba: ‘¡Ale, ayudame!’”.

El día después del homicidio de Natalia, Alejandro Bertotti se reunió en un pub de San Francisco con Leandro Forti y le entregó 4.000 pesos. Antes del hecho le había dado otros 1500. En esa reunión, el viudo le sugirió a Forti que escondiera el dinero, que se fuera de la ciudad y que hiciera silencio.

Al llegar a su casa del barrio conocido como “Las 800”, el joven de 19 años buscó a un amigo al que le pidió que le guardara la plata, pero no tuvo suerte: le dijo que no quería meterse en problemas. Entonces, Forti tomó la decisión que ahora le permite al fiscal Bernardo Alberione confirmar parte de su versión de los hechos. Junto a algunos amigos, Leandro organizó varias fiestas y asados durante los siguientes días, que fueron pagados con el dinero del viudo.

Los días siguientes del joven de 19 años no fueron fáciles. Después de las fiestas en las que hubo alcohol, mucha droga y excesos, Forti pasó, un poco por resaca y un poco por angustia, tres días en cama. Allí fue cuando se enteró por los medios de comunicación de que Natalia estaba embarazada al morir y, escapando de ese recuerdo, decidió irse a Villa María a pasar unos días. Según le dijo a su abogado, en la ciudad del sureste la conciencia comenzó a “pasarle factura” y así terminó de nuevo en San Francisco, contándole a sus padres que había participado en el hecho.

El día 29 del mismo mes, Alejandro Bertotti fue acusado de ” homicidio doblemente calificado por promesa remuneratoria y por el vínculo en concurso real con aborto””, el fiscal contaba también con una lista sabana de 24 llamadas existentes entre un celular y un teléfono público, que según el único imputado en la causa, Andrés Forti, utilizaba para comunicarse con el viudo. En realidad, el fiscal pensaba detenerlo a la siguiente semana, pero los movimientos de Bertotti en la mañana lo hicieron cambiar de opinión. Fuentes de la investigación indicaron que el viudo retiró dinero de diferentes cuentas bancarias hasta reunir cerca de 7 mil pesos. Además, le entregó a su hija (también hija de Natalia) a su madre que, a su vez, se la entregó a los padres de Natalia. Cuando fue detenido, el viudo llevaba una valija con el dinero y con bastante ropa. Algunos de los investigadores –entre ellos, el mismo fiscal– pensaban que iba a suicidarse. Otros, temían que se fugara.

Alejandro dijo que el chico mentía, pero también tuvo que aceptar que conocía a Leandro y a su hermano.Horas después sus abogados le escucharon otra versión: “En realidad, él entró conmigo en el auto. Yo quería darle un susto a Natalia y éste chico se descontroló. No pude evitar lo que pasó”. Al día siguiente, los suegros conocieron  el cambio de la historia y le soltaron la mano a su “querido yerno”, intentando adaptar a esa nueva situación, les dijo que en realidad “los asesinos” no eran dos, sino uno: Leonardo Forti, el chico que acababan de detener.“Me lo encontré unas cuadras antes y me apuntó con un arma. Me obligó a hacerlo subir al auto y que lo llevara a casa”, les dijo a sus suegros que, a esa altura, ya no le creían nada y al día siguiente comenzaron a hacer los trámites para convertirse en querellantes del caso. Además, sus dos abogados, Damián Bernarte y José Buteler, renunciaron a la defensa de Bertotti días mas tarde.

Luego de un mes el fiscal Bernardo Alberione declara a la prensa que gracias a una denuncia logró evitar que Alejandro Bertotti le tendiera una trampa al otro imputado por el homicidio, Leonardo Forti. Bertotti habría contactado en la cárcel de San Francisco a un fajinero (así se llama a los presos de buena conducta que cuentan con permiso para moverse libremente por los establecimientos) para que hable con el compañero de celda del joven Forti (los dos imputados comparten la misma cárcel) y lo convenza de darle una pastilla que adormeciera a Forti.

El objetivo era esperar a que Forti se durmiese y, posteriormente, obtener una impresión digital del joven en una hoja en blanco. Se estima que Bertotti pensaba utilizar esa hoja para divulgarla como “firmada” por su presunto cómplice, buscando poner en boca de Forti mentiras vinculadas al homicidio. Sólo basta imaginar qué hubiera pasado si en una carta con su firma, Forti confesaba el hecho. En la cárcel es muy común que los presos que no saben escribir pidan la ayuda de un compañero para que les escriba cartas personales y, muchas veces, hábeas corpus u otras solicitudes específicas a la Justicia. Para darle veracidad al envío, los presos acostumbran firmar esos mensajes con un garabato o con una impresión digital, o con ambas cosas a la vez.

La denuncia por el hecho la radicó el padre de Forti (“Cacho”  Forti) quien declaró que el compañero de celda de su hijo había recibido una oferta de dinero a cambio de dormir a Forti. Inclusive, le dijo que la oferta implicaba hacerle llegar un frasquito con lavandina para lavar la huella dactilar de Forti antes de estamparla en una hoja. Al parecer, también estaba la posibilidad de hacerle firmar la misma hoja mientras estaba perdiendo el conocimiento.El fiscal entonces citó al compañero de celda que confirmó todo y dijo que la oferta se la había hecho el fajinero. El fiscal avanzó y citó a declarar al fajinero, quien también confirmó todo, y dijo que fue Bertotti quien le ofreció dinero a cambio de gestionar la trampa contra Forti.

Para el fiscal, el crimen fue cometido por el viudo de la víctima, Alejandro Bertotti y por ese joven,  oriundo de uno de los barrios más humildes de San Francisco. De hecho, sobre ambos pesa la misma imputación.

La investigación finaliza y se eleva a juicio cuando analizan los guantes y la presunta arma homicida que fue encontrada en cercanías de la casa de Vercesi y que aparecieron más de dos meses después del homicidio y dos semanas más tarde de que la defensa de Alejandro Bertotti fuera asumida por sus actuales abogados, Alejandro Dragotto y Marcelo Brito. Lo llamativo es que guantes y arma aparecieron en un lugar que los policías y peritos ya habían revisado anteriormente y donde no se encontró nada. Una primera lectura del resultado de los análisis podría servir como indicio para demostrar que Forti miente al decir que no fue él quien acuchilló a Natalia, pero todo indica que al fiscal eso no lo sorprende. Su hipótesis es que, por diferentes motivos ambos imputados estuvieron presentes a la hora del crimen.

Además,  los guantes de látex  encontrados y analizados, no son como los que se compran en el mercado, sino guantes de los que se usan en el quirófanos y clínicas, complicando aún mas al kinesiologo imputado.

La acusación a Bertotti y Forti, según el fiscal, se basa en 46 testimonios y como prueba documental actas de inspección ocular y allanamientos, fotografías, muestras de sangre de Bertotti, detalles del servicio de emergencia, copia de buzón de e-mail, detalle de llamadas telefónicas, planillas prontuariales, autopsia y transcripción de escuchas telefónicas.

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